Jaque mate


Por: César Hildebrandt

Qué bien, señor Vizcarra.
Ha hecho usted lo único que cabía hacer.
Rosita Bartra ha sido depuesta, Mulder destituido, Becerril apartado. Es como si se hubiesen abierto las ventanas y un aire fresco auxiliara nuestros bronquios. Qué buena noticia.
Entre ser monigote o volver a ser presidente, ha elegido usted ser presidente.
No se ha enfrentado usted al Congreso desde la arbitrariedad y el capricho, que eso hubiese sido un gesto golpista.
El problema ni siquiera es el Congreso. El problema es que el Congreso ha sido secuestrado por las dos organizaciones políticas más próximas a la mafia que hayamos pade­cido.
Lo que ha hecho usted es devolverle al Perú el Congreso rehén, rescatar el recinto de las leyes de manos de quienes son socios de Chávarry, amigos de Hinostroza, protectores de Donayre, compinches de Mamani.
Entre el llamado de la inercia y la solicitud del deber ha elegido usted el cumplimiento de la Constitución.
La gente se lo agradece, señor presidente.
Quizá no tenga usted una idea cabal de lo harto que está el pueblo, de la situación exasperada de mucha gente que no veía una salida ante este empantanamiento que esteriliza y confunde.
Esa gente siente ahora que hay una esperanza.
Un Congreso malparido, donde el 20% de los votos populares se transformó en el 51% de los asientos parlamentarios, ha sido derrotado. No importa cuánto quiera disimu­lar esa debacle y qué es lo que chillen sus voceros. Lo cierto es que la arrogancia de sus representantes ha quedado en entredicho. Parece que hubieran pasado años y no horas desde aquel momento en que el cuello blanco Pedro Gonzalo Chávarry agravió al Ejecutivo y a los fiscales del caso Lava Jato ante la excitada complacencia de sus secuaces.
Esa insolencia de arrabal -ella sí golpista, ancestralmente fujimorista- merecía la cuestión de confianza y la enérgica carta que Salvador del Solar le dirigió al Congreso este jue­ves último.
Sé que algunos ministros de su gabinete plantearon sus dudas y miedos. Hizo bien en no hacerles caso. Esos buenos señores (y buenas señoras) no han entendido la matriz de este juego: complacer al hampa política es duplicar su apetito, volverla insaciable, desatar sus furias. El fujimorismo no es un partido político sino una federación de astucias. Y el Apra es como el coliseo romano: lo que queda de una glo­ria ida (con Nerón suici­da y todo). Mientras más obtiene el fujimorismo, más requiere y demanda.
El único lenguaje que entiende y respeta es el de la fuerza. Quizá sea porque eso les recuerda al patriarca fundador.
No lo dude, señor presidente. Ha hecho lo único que podía hacer si quería evitar el destino de zombi que le tenían preparado.
Ahora viene lo bueno, el partido de verdad, la mitad más seria de la batalla.
Les pide usted a los guardaespaldas del delincuente que fue Fiscal de la Nación que aprueben ya no sólo los cinco proyectos presentados en su mensaje a la nación sino los doce del paquete original de reformas. Y plantea usted que el límite de plazo esté determinado por el término de esta legislatura. Añade usted, a través del primer ministro, que el concepto que cada proyecto encierra no debe ser desnaturalizado. Eso supone que el tamiz neuronal de Rosita Bartra no será, como hasta ahora, factor protagónico en el proceso del debate.
De modo que, al margen de lo que digan los congresistas del Congreso abominable que pretende seguir lastrándonos, lo cierto es que los partidos que irguieron un gobierno clandestino están ahora contra la pared. O el Apra y el fujimorismo aceptan las condiciones propuestas o tendrá que producirse el cierre de ese poder del estado y su renovación a través de elecciones.
Si ese fuera el caso, la Comisión Permanente, dominada por el fujimorismo gracias a un cuoteo ana­crónico (Juan Sheput considera que el partido del reo debiera tener 12 y no 19 representantes en su seno), creerá llegado su momento para sabotear las reformas y seguir blindan­do a los Chávarry del pantano. Pero que no se equivoque: hay constitucionalistas que ya empiezan a poner en duda los alcances de esa atribu­ción sosteniendo la tesis de que en ese periodo serán las leyes del Ejecutivo las que deberán prevalecer.
No lo olvidemos: las reformas fueron convertidas en aspiración popular gracias a un referéndum en el que el fujiaprismo salió derro­tado. No se trata, entonces, de una ocurrencia presidencial sino de un mandato surgido del voto.
¿Aceptará el Congreso que avala a Chávarry las condiciones propuestas por el Ejecutivo?
¡Qué dilema! Si no las aceptan, es posible que tengan que irse a casa (algo espantoso para casi todos). Si las aceptan, el mapa político habrá cambiado radicalmente. Capablanca diría que se trata de un jaque mate.
“Hildebrandt en sus trece” N° 447, 31/05/2019

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