Sagrada Familia vergüenza mundial: Oriol Bohigas

Si no existiera un sistema claro de inversión económica, dentro del cual destaca el turismo, lo que no existiría es Barcelona.

En el estudio de MBM Arquitectes se adivinan viejas carpetas de proyectos quizá nunca olvidados. Los socios más jóvenes debaten en corrillo las nuevas propuestas. Y la luz lo inunda todo. Es un espacio amplio sin apenas paredes. Lugar de trabajo al que acude “casi cada día” desde hace décadas Oriol Bohigas (Barcelona, 1925).

El arquitecto, que colecciona ‘grapadoras’, escuelas, viviendas, e incluso un barrio, que creció de la mano de la Barcelona socialista y se formó en la franquista, es, todavía hoy, en la ciudad de la nueva alcaldesa Ada Colau, una de esas voces que hablan con el peso que otorga la experiencia.

Me recibe sentado, vestido con un traje de camisa y pantalón semejante al moño azul de los albañiles. Bohigas, el ‘artesano’ de la Barcelona olímpica, cuenta con 90 y pico años, pelo canoso y mirada cansada. Acumula premios y condecoraciones. Nos atiende detrás de un ordenado escritorio en el que abundan los contratos, con un corcho convertido en calendario pegado a la pared de su derecha, bajo unos techos muy altos, y con un enorme ventanal a su izquierda desde el que se observa el turismo que inunda la barcelonesa plaza Reial.

Foto: pedromiqueas

Se me acaban las manos a la hora de contar los años que ha sido vecino de Barcelona. En todo este tiempo la ciudad ha cambiado, y usted ha evolucionado en paralelo a ella. Quizá a uno le dan ganas de decir ‘¡Qué buenos tiempos aquellos!’, sobre todo con la crisis actual.

– No soy ni tan optimista ni tan pesimista. Hay una crisis evidente, una crisis que no se resolverá con vendajes y pomadas supletorias, porque es una crisis profunda de sistema. Es un problema de estructura económica, que tiene que cambiar y que está cambiando, dejando naturalmente algunas víctimas por el camino. Pero además creo otra cosa: las crisis son muy positivas, porque habitualmente, con cualquier crisis de cualquier tipo –de mentalidad económica, de estética, de filosofía, de creencias sobrenaturales…–, esto hace que se revise y se replantee todo en términos muy distintos.

Mirando su propia trayectoria vemos pasar la historia de la Barcelona del siglo XX. De todos los cambios que ha habido, ¿cuál es el que destacaría más?

– Lo más importante que le ha pasado a Barcelona es la transformación de la ciudad que dejó el régimen de Franco, una Barcelona arruinada, sin ninguna perspectiva ideológica y sin ninguna participación humana ni percepción de ninguna nueva tendencia organizativa o política… A lo que hoy es Barcelona. Hay una distancia brutal. Yo creo que si recordamos cómo era la Barcelona que nos dejó Franco, queda todavía más claro que las sucesivas transformaciones de la ciudad han tenido resultados claramente positivos.

Ada Colau (la nueva alcaldesa de Barcelona) en un primer momento rechazó el “modelo Barcelona”, aunque en los últimos días ha matizado que no lo rechaza sino que le faltan retoques. ¿Es posible cambiar un modelo con décadas de trayectoria?

-Lo que pasa es que no veo muy claro qué quiere decir “modelo Barcelona”. En Barcelona se ha seguido un modelo que ha resultado exitoso: no hacer urbanismo por elucubraciones teóricas y estadísticas, sino hacerlo por realizaciones proyectuales y actuantes en el ámbito urbano de la ciudad. Esto es un método que ha adoptado prácticamente toda Europa, y es muy difícil que salgamos de este modelo. Por tanto, no creo que el problema sea si el “modelo Barcelona” falla o no falla. Una política urbana no puede ser nunca un modelo, porque la realidad urbanística de una ciudad es diferente una de otra y tan característica con su historia, con sus elementos actuales de uso y procesos económicos, que no se puede hablar de un modelo. Se puede hablar de maneras de hacer determinadas gestiones que yo creo que sirven incluso cuando hay cambios fundamentales. Lo interesante es que esto que llaman el “modelo Barcelona”, en cuanto a actividad urbana, pueda ser el mismo con las mismas o con distintas influencias, no cambiando el modelo sino cambiando unos pequeños métodos sobre la manera de hacer el urbanismo.

Sagrada Familia en construcción Foto: pedromiqueas

Una palabra que se ha pronunciado mucho en los últimos tiempos es ‘no’: no a una ciudad volcada al turismo, no a una ciudad en la que proliferan los hoteles por todas partes… ¿Pero cuál es la alternativa?

– Te has referido a una visión de Barcelona que es la que prácticamente tiene casi todo el mundo: Barcelona vive a expensas de las grandes operaciones inmobiliarias, es decir, del congreso del teléfono móvil, de la Fórmula 1, de la construcción de hoteles en los centros de gran potencial urbanístico… Esto es lo que da el tono de inversión económica en la ciudad y sin el cual no funciona. Si no existiera un sistema claro de inversión económica, dentro del cual destaca el turismo, lo que no existiría es Barcelona.

En Barcelona, dentro de la pobreza generada en la que nos movemos, los elementos de posible igualdad económica han sido siempre una abierta y firmemente afirmada preocupación. Y claro, hay que ir con cuidado. Una ciudad no puede seguir adelante en sus procesos de orden social, económico, cultural, etc., sin tener un empuje económico global. Barcelona necesita seguir siendo una de las ciudades en primera o segunda línea de creación de cultura, de riqueza, y te diría que de pensamiento. No se puede decir que es una ciudad que a partir de ahora sólo construirá hospitales para la seguridad social o instrumentos para mejorar la situación –todavía débil– de muchas clases sociales. Estamos todos de acuerdo en que la función principal de un gobierno democrático y de izquierdas es que la gente tenga que gozar de condiciones y de oportunidades y que las siga teniendo a lo largo de la vida, y para hacer esto posible hay que dedicarse a hacer elementos al servicio de la sociedad.

Una vez afirmó que daba la bienvenida al turismo joven, con chancletas, traje de baño, e incluso sin camiseta. ¿Lo sigue pensando hoy aunque cuando lo dijo, y de eso ya hace años, creó polémica?

-Lo que yo dije o quise decir o interpretaba es que me parece que no funciona que un partido de izquierdas diga que para arreglar el problema de la incomodidad del turismo tenemos que favorecer el turismo de ricos y apartar al turismo pobre. Esto está bien que lo diga la extrema derecha, que es lo que ha hecho y está haciendo en todo el mundo. Nunca me he opuesto al turismo de chancleta y camiseta, sino que hay que reconocer que el turismo de alta calidad no se determina por la chancleta o por la indumentaria que se viste sino por los objetos que le preocupan como finalidad del viaje. Es decir, si todos los turistas visitaran el Museu Nacional d’Art de Catalunya, la interpretación del componente turístico sería completamente distinta.

El museo más visitado es el del FC Barcelona.

– Esto sí que es un problema de organizar el turismo. Es decir, yo creo que lo que es muy difícil de lograr es que Barcelona se convierta en una ciudad de veraneo de los ricos. Estas ciudades ya están fijadas en el mapa. Hay una estructura incluso geográfica alrededor de Barcelona que facilita la recepción del turismo barato, porque Barcelona ni tiene la cultura de un país como Grecia o como Italia, ni tiene la transmisión de grandes objetos u objetivos históricos. No es Roma, no es París, no es Londres, no es Berlín. Es lo que es, y es difícil transformar esta ciudad en una ciudad que abarque todas las posibilidades que tienen estas otras.

Barcelona es la gran metrópoli de la zona occidental del Mediterráneo. Era una ciudad industrial en el siglo XX, pero sobrevivió al momento en que la industria dejó de tener la importancia que tenía y se tornó en una ciudad de servicios. Ahora vivimos un nuevo cambio. ¿Puede morir de éxito?

– No creo que haya alcanzado su punto culminante. Todavía puede haber muchas posibilidades. Y desde luego que se puede morir en la utilización del término, pero nunca de éxito. Hay siempre posibilidades de reutilización, de replanteo. La ciudad no muere ni siquiera como promesa de evolución futura. Creo efectivamente que lo del turismo es un problema y que la única manera de mejorarlo es cambiando los objetivos de las visitas turísticas.

Lo que se debería ofrecer a los turistas es una visión cultural de la ciudad, que no quiere decir exclusivamente que haya ópera buena, o conciertos de música clásica, o muchos campeonatos de fútbol, sino que en la misma realidad de Barcelona y su región, sin modificar su realidad, se intente comunicar alguna realidad actual no sólo cultural sino sobre todo social. Por ejemplo, creo que se ha insistido poco en el enorme valor de la industrialización de Barcelona. Por esto me parece tan importante que se tomen medidas claras sobre las consecuencias que puede tener la independencia. Y quien dice Barcelona dice Catalunya, porque en cuanto a decisión de los territorios las ciudades en este tiempo son más importantes, de manera que cuando decimos Catalunya queremos decir en realidad Barcelona.

Imagino que las personas del interior de Cataluña no opinarán lo mismo.

– Pues se equivocan si no opinan lo mismo. Si Barcelona no existiera, Cataluña ya haría tiempo que no existiría en el mapa, ni el catalán, ni el catalanismo ni nada. Hoy en día las puntas de progreso y de cohesión civil pasan a través de la encarnación de la realidad de una ciudad. No hablamos tanto del progreso de Alemania como de algunas capitales industriales alemanas, que son las que marcan una institución. De manera que yo sigo hablando de Barcelona como elemento fundamental de creación. Uno de los problemas que tiene el País Vasco es que no tiene ninguna Barcelona, sino estaría situada donde le corresponde, que es en un movimiento más de cultura urbana.

Uno suele pensar que detrás de las grandes obras al final siempre queda el ciudadano, que es el primero al que le afectan y el primero que las vive –o el primero que las sufre. Un buen ejemplo de las grandes obras es Diagonal Mar. En su día un proyecto, una innovación, una visión de futuro que parece que llegó para no quedarse. ¿Es el tiempo de pensar en minúsculas y no en mayúsculas como lo son los edificios y las zonas urbanas de Diagonal Mar?

– En este momento hay una interpretación excesiva, en general, de la posición de lo minúsculo, muchas veces sin más justificación que la de pensar que preocupándose y haciendo las cosas pequeñas se resuelven las cosas grandes que afectan también a la población pequeña –y me gustaría decirlo sin ofender a nadie de la opinión pública. Hay una manera muy simple de apreciar y clasificar los problemas. Una frase que estos días se dice bastante es: mientras falte una cama en un hospital no podemos pensar en la inauguración de un nuevo museo. Yo no estoy de acuerdo con esta afirmación, aunque me parece muy bien que un político la maneje porque lo que esto exige es que el museo esté bien hecho. Es importante que no se renuncie al museo, pero que el museo tenga una inclinación hacia un tipo de servicio que en este momento seguramente no tiene.

¿Es posible combinarlo a pesar de que, como hemos dicho, los recursos escasean y quizá se trate más de elegir que no de decidir?

– En los países de una cierta potencia económica ha sido posible, y es bastante posible. Funciona bastante bien en Francia, Alemania o Inglaterra, y también en España funciona maravillosamente bien comparado con cómo funcionaba hace escasamente 30 años. Tan solo hay que ver en España la capacidad para organizar los servicios sociales, que se ha demostrado bastante positiva. Es decir, yo creo que es posible regular o pensar y equilibrar los esfuerzos para que los que no son de urgencia sanitaria sean también entendidos como esfuerzos de culturización general del país. Esto es lo que me parece que este ayuntamiento actual de Barcelona tendría que tener en cuenta. Hay elementos espirituales, diríamos, o de apariencia y realidad cultural, que no se pueden despreciar y que están en las necesidades reales de un lugar de convivencia.

¿Y cree que ello está en manos de la nueva alcaldesa?
– Hacer programas con la seguridad de que sean realizables es muy difícil, y en un momento de cambio como este, todavía más. Yo sí esperaba que en la toma de posesión la alcaldesa diera alguna señal de prioridades de inversión que en este momento no se han dado muy claras, pero la excuso porque seguramente es muy complicado dar direcciones muy precisas a estas alturas. Aunque desde su primera entrada, fuerte, con criterios radicales, a la situación actual, veo un poco más de tendencia a meditar más las negaciones rotundas y a plantear estudios.

Cuando se ve que no hay dinero para dar los servicios necesarios, es un tema bastante importante como para plantearse todo un programa político a partir de ello. Si no hay dinero para hacer un hospital, tampoco lo habrá para hacer una biblioteca. Pero yo lo haría al revés: un programa que explicara cómo con los medios que tenemos podemos realizar una obra global importante. Y Barcelona, como capital de un país independiente, tendría muchos más recursos económicos que los que tiene ahora, porque el primer problema es el dinero, el problema de la deficiencia.

La torre Mapfre y el Hotel Arts, al fondo el mediterráneo, desde el Tibidabo. Foto:pedromiqueas

-Para terminar, una pregunta doble: ¿puede decirme un monumento, edificio o zona de Barcelona que destacaría en positivo, y también su contrario, aquel que destacaría por todas las fallas que reúne?

-Un monumento que me parece una participación tremenda a la incultura de Barcelona es la Sagrada Familia. Es una vergüenza mundial, que vamos soportando. Van pasando las distintas exigencias políticas de diferentes partidos y todas van aceptando la realidad monstruosa de esta pertrechada del Templo de la Sagrada Familia.

-¿Por qué lo define como tal?

– Porque es un disparate. No hace falta demostrarlo. Es una evidencia. Tenemos un templo tan especial como este y con un proyecto tan interesante como el de Gaudí, y luego en la realización, sin ningún plano y con desconocimiento de qué quiere decir la arquitectura… Porque no se conservó ningún plano de Gaudí, solamente reproducciones pequeñas en libros teóricos sobre él y la Sagrada Família. Por otro lado hay razones de ciudad: la construcción en un siglo de un edificio al estilo de otro siglo o de otros siglos, es una barbaridad cultural evidente.

Hubo algunos que en el siglo XVII todavía construían iglesias góticas en Barcelona. Sí, claro, pero con disparates o curiosidades arqueológicas no se puede defender. En la Sagrada Família se hace un despilfarro de errores y de cambios estilísticos que es una barbaridad en una muestra de innovación tan importante como es la arquitectura de Gaudí, en general tan bien representada en otros monumentos.

-¿Y a la hora de destacar en positivo?

– En general, la salida al mar que se encarna en toda la obra olímpica de Barcelona: la villa, el nuevo puerto y la conexión con las avenidas de la ciudad. A mí me parece un conjunto muy válido. Lo que ha dejado a Barcelona los Juegos Olímpicos es seguramente de las mejores cosas que han dejado los Juegos en sus ciudades, cuando ha habido villas olímpicas lejos del centro que luego han tardado años en habitarse o terrenos que no tenían conexión clara con la ciudad. El frente marítimo de Barcelona es un hecho muy positivo.
De: Noticias de Arquitectura

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