Crece la xenofobia en Alemania

La apacible vida de Markus Nierth, un teólogo de 46 años, casado y padre de siete hijos y que había sido elegido alcalde de Tröglitz hace cinco años, cambió radicalmente a comienzos del presente año, cuando un líder del NPD, el partido neonazi alemán, anunció que su formación invitaría a la población a protestar por la anunciada llegada de 40 refugiados al pueblo.
Fue entonces cuando Tröglitz, un pueblo de 2,800 habitantes ubicado en el estado de Sajonia Anhalt, tuvo el raro honor de ser mencionado por primera vez en los titulares de la prensa alemana. Decenas de pobladores anónimos, armados con silbatos, antorchas y cargados de resentimiento ante la posible llegada de los refugiados, comenzaron a marchar los domingos para expresar su descontento.

Markus Nierth teólogo de 46 años, casado y padre de siete hijos, alcalde de Tröglitz hace cinco años, tuvo que renunciar

Markus Nierth teólogo de 46 años, casado y padre de siete hijos, alcalde de Tröglitz hace cinco años, tuvo que renunciar

La protesta alertó al alcalde, quien muy pronto se dio cuenta que la población se había dejado embrujar por los cantos de sirena del partido neonazi. Nierth escribió varias cartas públicas para intentar aplacar las protestas y llamar la atención sobre el gesto de generosidad que significaba acoger en el pueblo a los refugiados.
Todo fue inútil. La mayoría de la población respondió con un silencio cómplice y terminó aceptando una convocatoria que convertiría al pueblo en una noticia continental.
El domingo 8 de marzo, la protesta tendría lugar frente a la casa del alcalde, quien conoció los planes con tres días de antelación y anunció que renunciaba al cargo, después de enterarse que la policía no haría nada para impedir la manifestación frente a su casa. “Estaba claro que el objetivo era yo”, dijo Nierth. “Los manifestantes querían quebrar mi voluntad y acosar a mi familia”.
La renuncia del alcalde fue calificada como “una tragedia para la democracia”, por el ministro de Justicia, Heiko Maas, mientras que la prensa del país dio vida a un debate nacional sobre el creciente poder de los grupos ultras que están cosechando seguidores con un furioso discurso xenófobo yantiinmigración.
Desde el sábado (5 de abril) el debate cobró una peligrosa actualidad cuando el país se enteró de que el techo de la vivienda que debía acoger a los 40 refugiados en Tröglitz había quedado completamente destruido a causa de un incendio intencionado.
Los autores del incendio, que utilizaron material inflamable para provocar el siniestro, aún no han sido identificados, pero nadie quiere poner en duda que a los culpables habría que buscarlos en el odioso mundo de los neo-nazis.
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El incendio del albergue de Tröglitz conmocionó a las autoridades del Land de Sajonia Anhalt y el jefe del gobierno regional, el democratacristiano Reiner Haselof, tuvo el coraje de denunciar que el siniestro no había sido un caso aislado. “Estamos confrontados a un problema nacional. En todas partes puede ocurrir lo que pasó en Tröglitz”, dijo el político, al recordar que los ataques dirigidos contra refugiados estaban aumentando peligrosamente en el país.
Según estadísticas oficiales del gobierno federal, los ataques dirigidos contra refugiados o albergues se sextuplicaron en los últimos tres años. En 2012, las autoridades registraron 24 ataques, un año después 58 y en 2014 la cifra aumentó a 150. Peor aún, el incendio de Tröglitz tuvo la magia de revivir en la memoria colectiva de la nación, la furiosa ola xenófoba que nació en Alemania poco después de la ansiada e histórica reunificación y que hizo temer a las autoridades de la época que Alemania corría el peligro de volver a sucumbir al encanto maligno que emergía de los grupos neonazis, los herederos de Hitler
El miedo no era infundado. En la noche del 17 de septiembre de 1991, unos 400 “cabezas rapadas” iniciaron el ataque a un albergue habitado por mozambiqueños y vietnamitas en la ciudad de Hoyeswerda, en el estado de Sajonia. Durante cinco días, los nietos de Hitler lanzaron piedras, botellas y bombas molotov contra el edificio, ante la indiferencia de la policía y el júbilo de la población local.
Después de cinco noches de terror, las autoridades, en lugar de castigar a los asaltantes y proteger el albergue, optaron por sacar a los extranjeros de la ciudad.
El ataque, considerado en su momento como el peor incidente ocurrido en Alemania desde 1938 —el año en que los nazis iniciaron la persecución contra los judíos—, además de mostrar al país que el odio hacia los extranjeros no era algo exclusivo de un grupo de fanáticos, también marcó el comienzo de una ola de violencia, que bajo los gritos de “Ausländer raus!” (¡fuera con los extranjeros!) y “Nigger raus!” (¡fuera con los negros!) se expandió tanto en el este como el rico occidente alemán.
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La tragedia volvió a repetirse casi once meses después en Rostock, donde varios cientos de neonazis atacaron un edificio habitado por vietnamitas. Entre los días 22 y 26 de agosto de 1992, Rostock se convirtió en el escenario de lo que la revista Stern bautizó entonces como “la vergüenza alemana”. Los atacantes y unas cinco mil personas que aplaudían los ataques, también se enfrentaron con la policía, que finalmente recibió órdenes de abandonar el lugar.
El 23 de noviembre de 1992, dos neonazis se convirtieron en asesinos en Mölln. En la noche de ese día, dos casas ubicadas en el centro de la ciudad comenzaron a arder simultáneamente. En una de ellas murieron la madre, la hija y una sobrina de Faruk Arslan, un ciudadano turco que llevaba 23 años viviendo en Alemania. Otras nueve personas resultaron gravemente heridas, cuando intentaban escapar de las llamas saltando desde las ventanas de un segundo piso.
Lo peor aún estaba por llegar. El 23 de mayo de 1993, cuatro jóvenes neonazis medio borrachos prendieron fuego a una casa habitada por una numerosa familia turca en la ciudad de Solingen. Una mujer adulta, un bebé de seis meses y tres niñas murieron y 14 personas resultaron heridas con quemaduras graves.
El crimen conmovió a la nación, pero el entonces canciller Helmut Kohl declinó asistir al funeral de las víctimas realizado en una mezquita de Colonia con un argumento poco afortunado. “No quería dar la oportunidad a un grupo de radicales para que me silbaran”, dijo entonces.
Su lugar lo ocupó el presidente Richard von Weizsäcker, quien tuvo la dignidad de admitir que el crimen no había sido un hecho aislado e incoherente, sino que tenía raíces en un clima alimentado por la extrema derecha. Fue entonces cuando la policía federal reveló un hecho que aún sigue preocupando a la nación.
“La mayor parte de los autores de los atentados provienen de las clases medias de la sociedad alemana”, dijo Hans-Ludwig Zachert, en aquella época presidente de la policía federal (BKA). “Los jóvenes sólo traducen en hechos lo que escuchan en sus casas a la hora de la merienda”.
Desde entonces no han vuelto a morir, en incendios intencionados, ciudadanos de origen turco. Pero el fantasma de la xenofobia, en lugar de desaparecer sigue latente y ha echado raíces en toda Alemania.
Un estudio publicado recientemente por la Universidad de Leipzig reveló, por ejemplo, que en el rico estado de Baviera, una de cada tres personas no tiene problemas en declararse enemigo de la población extranjera que vive en el Land y uno de cada ocho no escondió su antisemitismo.
No es todo. Según el estudio, 20 por ciento de la población en el rico occidente alemán se declara enemiga de la población extranjera, mientras que en Sajonia Anhalt el porcentaje de xenófobos se eleva a 40.2%, el más alto en todo el país. En Mecklenburgo Pomerania Occidental, Turingia y Brandeburgo, tres estados del este, el promedio es de 32.8%, 30.9% y 29.6% respectivamente, aunque el porcentaje de extranjeros en los tres Länder no supera 2%.
Por eso, no es de extrañar que varios alcaldes, que han defendido la llegada de refugiados a sus respectivas ciudades, hayan recibido amenazas de muerte.
La víctima más famosa es Petra Pau, militante del partido La Izquierda y vicepresidenta del Parlamento federal, quien denunció que había recibido amenazas de muerte y soportado varias manifestaciones de grupos ultras frente a su casa en Berlín. ¿Su pecado?: defender la llegada de refugiados a la primera potencia económica de Europa. (Excelsior)

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