En la Rotonda de Columbia

Gustavo Gorriti, director de IDL-Reporteros

Reproducción de la columna ‘Las palabras’ publicada en la edición 2306 de la revista ‘Caretas’.

Nueva York.- Desde mi punto de vista, el periodismo se define por la manera de vivirlo: como una narrativa sin descanso, en la que no se escoge lo que se cuenta sino que lo que se cuenta te escoge a ti.

Cuando se la vive bien, nuestra vida es la de historiadores de primera instancia, de respuesta rápida del día para la memoria de los tiempos. Creo que el deseo profundo de todo cronista es el de durar tanto como un Herodoto corroborado. Pero conociendo que casi todo el resultado de los mejores esfuerzos terminará siendo efímero, un buen periodista puede avanzar por la vida con el leve orgullo de saber que contó bien lo que vio y lo contó para todos; y que de la química de las crónicas olvidadas surgirá la memoria de su tiempo.

Hay, por supuesto, diferencias causadas por la misión y la frecuencia. Nadie vive tan pegado al momento – y bajo tanta presión de reportear, redactar, verificar y transmitir sin equivocarse– como un periodista de agencia de noticias. Uno distingue con cierta facilidad a sus dedicados veteranos. Se parecen de alguna manera a aquellos boxeadores profesionales que han sostenido más peleas de lo recomendable.

Pero no solo ellos. Gran parte de los periodistas pasamos por períodos de realidades que se repiten hasta abrumar, y hacer perder en parte la visión de sus matices, detalles y patrones.

Por eso, reflexionar sobre lo que hacemos y dejamos de hacer es tan importante en nuestro oficio. Y pocas veces como en estas semanas, por lo menos en mi recuerdo, se ha juntado un número tan grande de eventos de importancia para el periodismo.

Como he reseñado antes, las conferencias y paneles de discusión en celebración de los 75 años de la Fundación Nieman, fueron seguidos por la premiación concurrente, en Rio de Janeiro, de los concursos latinoamericano de periodismo de investigación, organizado por IPYS; del premio Daniel Pearl a la investigación internacional, del International Consortium of Investigative Journalism; el Global Shining Light Award, del Global Investigative Journalism Network. Y por las decenas de seminarios y paneles de todas estas organizaciones, y de Abraji, que se dieron en la gigantesca conferencia.

Para coronarlo, esta semana hubo otro evento no menos importante en Nueva York. El premio Maria Moors Cabot, de la universidad de Columbia, que reconoce el periodismo de excelencia en el Hemisferio celebró su 75 aniversario, lo que lo hace el premio periodístico más antiguo y uno de los más prestigiosos.

El galardón no se otorga por un trabajo en especial sino por la trayectoria y los logros de los cuatro periodistas reconocidos cada año en una ceremonia solemne que se realiza en la hermosa rotonda de la universidad de la biblioteca Low, en el campus principal de la universidad de Columbia.

Hace muchos años, en 1992, fui uno de los premiados y este año, como nuevo miembro del jurado, participé en una discusión sobre el significado del premio, al lado del muy veterano y gran periodista brasileño Alberto Dines; de la valiente periodista cubana Yoani Sánchez, que recién pudo llegar a recibir el premio que le fue otorgado en 2009. El panel fue moderado, preguntado y provocado por Alberto Ibargüen, presidente de la Fundación Knight.

Después de la discusión, el grupo de periodistas honrado este año recibió el premio en la ceremonia encabezada por el presidente de la universidad de Columbia, Lee Bollinger.

“Bien llevada, la vida del periodista es la de historiador de primera instancia, de respuesta rápida del día para la memoria de los tiempos”.

Jon Lee Anderson, el legendario corresponsal y reportero del New Yorker, fue el primero en recibirlo. Anderson ha reporteado y escrito artículos y libros sobre guerras e insurrecciones, sobre personajes famosos e infames, con una agudeza, profundidad y calidad narrativa extraordinarias. Como ha sucedido con varios otros destacados periodistas anglos, Jon Lee inició su carrera en el Perú –lo que resaltó durante su discurso, que enfatizó su pasión por Latinoamérica.

Donna de Cesare, otra de los cuatro premiados, es una fotoperiodista cuya narrativa, construida con la dramática elocuencia de sus fotos, puede verse en su publicación digital http://www.destinyschildren.org. De Cesare es catedrática en la universidad de Texas, en Austin y colabora con el Centro Dart, que estudia el efecto traumático de la cobertura en los periodistas y desarrolla herramientas terapéuticas para ayudarlos.

Alejandro Santos, el director de Semana, en Colombia, es un periodista joven todavía, cuya carrera se desarrolló fuera del periódico El Tiempo, que tuvo su familia por varias generaciones, hasta hace poco. En Semana, Santos dirigió a notables periodistas de investigación en reportajes sobre la llamada “parapolítica” y sobre espionajes ilegales durante el gobierno de Uribe, que tuvieron gran repercusión e influencia. Sobrino querido del actual presidente de Colombia, Juan Manuel Santos (quien también fue, un tiempo, periodista), Alejandro Santos no la tiene fácil, pero su esfuerzo por separar lo familiar de lo periodístico mantiene la fuerza de Semana.

La semana pasada comenté el trabajo periodístico de Mauri König, cuyo trabajo sobre la corrupción policial en el Estado de Paraná, ganó el segundo premio en la competencia latinoamericana de periodismo de investigación que organiza IPYS. Ahora, veinte años de extraordinaria labor fueron reconocidos con la distinción Moors Cabot. König, ha sufrido amenazas y ataques por sus investigaciones. Como mencionó Bollinger en su presentación, en 2002, al investigar el reclutamiento y secuestro de niños brasileños para el servicio militar en Paraguay, König sufrió una golpiza tan brutal que fue dejado por muerto por sus atacantes. El reportaje sobre la corrupción policial provocó un complot para asesinarlo. Su trabajo, dijo König, ha sido “una manera de decir, que el dolor de otra persona es también nuestro dolor. Si el periodismo puede hacer una diferencia en el mundo, es también un arma contra la indiferencia”.

Finalmente, cuatro años después del momento en que debió haber recibido el premio, Yoani Sánchez pudo al fin estar presente. Sánchez habló sobre lo que significa ejercer el periodismo “en una sociedad muy lastimada”.

Sobre su concepción de lo que es periodismo, Sánchez dijo que “nunca me ha gustado ver al profesional de la prensa como el entomólogo que mira al hormiguero desde arriba. Escribe en su impecable cuaderno de hojas blancas mientras allá abajo, las hormigas viven, matan, mueren. Yo soy una hormiga y quiero narrar el hormiguero desde adentro”.

Digamos que el hormiguero nunca fue el mismo desde que esta formidable hormiga empezó a bloguear♦

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