Rosa Maria Palacios : verdad y mitos

En sus trece,y a raíz del affaire del canal 4, César describe la orfandad informativa de nuestra patria, frente al monopolio del poder y la avaricia…

Por : César Hildebrandt

No tengo duda de que Alan García puede haber saltado de alegría con el cese del programa de Rosa María Palacios. Al doctor García le preocupa mucho lo que la prensa pueda decir del balance de su gestión. De allí las presiones que ha ejercido para drogar las cifras del INEI y aparecer como el gobernante histórico que no ha sido.
Desde esa perspectiva, el programa de Palacios, que gruñe por lo general un antiaprismo conservador cincuentero, podía ser una piedra en el zapato.

El Grupo El Comercio ha vuelto a meter la pata, es cierto. Y la no renovación del contrato de la conductora de Prensa Libre es un agravio a la pluralidad y un golpe a la oferta noctámbula de la televisión.
Dicho esto, hay, sin embargo, algunas cosas que comentar respecto de tantas apologías lanzadas desde la más fraterna exageración.
Seamos francos: la señora Palacios era la coartada perfecta para que “el sistema” pudiera decir que la prensa es libre y que los poderes fácticos -léase el “big money”- no la influyen ni la rozan.

Porque esta periodista tan acuciosa, tan tenaz, tan inteligentemente preguntona, tan judicialmente exhaustiva, jamás produjo un disgusto en la banca, en la minería, en la Con-fiep. Eisha la amaba. La Bolsa de Valores la cotizaba por las nubes.
Ni los sueldos punibles de la agro exportación, ni los excesos nauseabundos de las privatizaciones fraguadas por Fujimori, ni el régimen abusivo de los contratos blindados por el ciudadano japonés que nos remató al peso en los noventa, ni la supresión de los derechos laborales o la persecución de los sindicatos, ni la corrupción personal de Alan García, ni la tercerización empobrecedora, nada de eso -ni nada que se le pareciera- era parte de la nutrida agenda que la señora Palacios manejaba.
Los parámetros de la señora Palacios eran muy claros y se parecían, invertidos, a los que Fidel Castro enunció en Cuba después de que el poeta Heberto Padilla abominara de sí mismo: “Dentro de la revolución, todo. Fuera de la revolución, nada”.
La traducción de esa consigna al lenguaje peruano actual es más o menos así: “La crítica será aceptada mientras no se meta con los fundamentos de la cosa”.
Y la cosa es la que organizó Fujimori, gerenció Toledo y consolidó García. Consiste en que debemos aceptar que somos un país de tercera que exporta piedras, remata sus activos, carece hasta de flota mercante y puertos propios y está condenado a que sus yacimientos minerales, gasíferos o petroleros sean comprados por otros, aunque estos otros sean empresas estatales de Colombia, Ecuador, Brasil, Chile o Argelia.

Si aceptas todo eso -y si juras que jamás subvertirás a la sociedad diciéndole por qué siendo tan ricos tenemos tantos millones de pobres crónicos y miserables desahuciados-, entonces, y solo entonces, serás bendecido con una licencia, un programa, una discreta ventana, un derecho a la disconformidad irrelevante.
Puedes destrozar a los congresistas, hablar pestes de un ministro, alzar la voz cuando la Policía no cumple con disparar a tiempo, pero no puedes decir que los congresistas están acorralados por e lobismo minero y mediático, que los ministros sirven a un sector privado ampliamente corrompido y corruptor y que la Policía carece, muchas veces, de municiones y de convicción para reprimir. Porque hasta la seguridad se ha privatizado de facto en este país, el nuestro, donde es un pecado decir que podría haber una aerolínea peruana de capitales mixtos.
Puedes hacer periodismo hasta el grado 5 de la escala de Richter. Lo que no puedes es hacerte las preguntas de fondo. Por ejemplo: ¿Por qué fue tan fácil para la mafia de Fujimori comprar a la casi totalidad del periodismo, los jueces, los congresistas, los liberales y la inteligencia?
Una vez Jaime Bayly, ese suicida, le dijo a Rosa María Palacios que el haber apoyado, bajo sueldo, a Juan Carlos Hurtado Miller en pleno 1998 la hacía pasible de ser llamada fujimorista. La señora Palacios se ofuscó y dijo que en 1998 ella aceptó asesorar al candidato del dictador porque se lo pidió la esposa de un gran amigo. La esposa es Leoni Roca. El amigo es Pedro Salinas. Entonces Bayly le recordó que pudo rechazar esa oferta de 12.000 dólares. Le recordó también que en 1998 ya se sabía qué era el fujimorismo y quién era Fujimori. Y le recordó, por último, que Alberto Andrade, el contendiente de Hurtado Miller, encarnaba en ese momento los valores de la democracia. Ella siguió negando, casi a gritos, haber cometido una falta y, presionada, alcanzó a decir, con voz sedante: “Si por algo pido disculpas es por no haber sabido lo suficiente en 1998 sobre el régimen de Fujimori”.
Bayly le preguntó entonces, con una malignidad premonitoria, por quién había votado en 1995. La respuesta literal de la señora Palacios fue (y se puede oír y ver en Youtube): “Presumo que sí voté por Fujimori”. Bayly le recordó que pudo haber votado por Javier Pérez de Cuéllar, que era la opción de la restauración democrática. La señora Palacios dijo que ella no lo creyó así.
En ese momento Bayly le preguntó por qué, con todos esos antecedentes, se negaba a admitir que había sido fujimorista. La señora Palacios ensayó una respuesta indescifrable pero que, básicamente, significaba que haber votado por Fujimori y haber trabajado para su candidato a la alcaldía de Lima en 1998 no la convertían en fujimorista.
Bayly paró allí su destructor acoso. No le preguntó lo que muchos esperaban: ¿Y si no fue fujimorista, dónde manifestó su descontento, qué artículos escribió, qué declaraciones televisivas dio, dónde estuvo cuando lo de la Marcha de los Cuatro Suyos?
Creo que esa fue la más autobiográfica entrevista que haya concedido la señora Palacios, hoy convertida en la Juana de Arco de la prensa martirizada.
Eso no quita que sea lamentable su separación de Canal 4. No incurriré yo en la mezquindad que ella demostró en 2006, cuando Cecilia Valenzuela, hecha Circe, me insultó y calumnió después de que Baruch Ivcher, respetando los acuerdos de lo más podrido del sistema, me botó, con contrato vigente y todo, de canal 2.
Lo gracioso de todo esto es que Canal 4 diga que sustituirá el programa de la señora Palacios con uno “de entretenimiento”. Eso es ser avaro al no reconocer el mucho entretenimiento de muy alta calidad que ofrecía, a veces, el programa Prensa Libre. Y coincidencia surrealista es que, por ahora, el espacio de la abogada y periodista haya sido ocupado por una telenovela titulada “Hasta que el dinero nos separe”.

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