El chancro de la corrupción Política

Autor: Pedro Salinas
Qué más da el asunto de los ‘petroaudios’. Qué más da que sea un escándalo que no encuentren a Crousillat. Qué más da la desvergüenza en el caso Comunicore. Qué más da, digo, si estamos en el Perú. Y acá, como sabemos, no pasa nada. Absolutamente nada. Y no solo no pasa absolutamente nada, sino que, si acaso no se han dado cuenta todavía, la corrupción tiene barra libre, y se pasea en combi. O, si prefieren, en uno de los buses del ‘Lentopolitano’. Lo mismo da. Pero que se pasea, se pasea.

No debería ser así, es verdad. No. Estoy de acuerdo con ustedes. Pero, ya saben. El Perú no es Suecia. Ni Dinamarca. Acá tenemos de todo. Desde el policía que le dice al infractor “cáigase con algo, aunque sea para la gaseosa”, o el alcalde que le dice al contratista “puedo hacer que ganes la licitación, y lo podríamos arreglar si el cinco por ciento es mío”. Y así. Que la lista de ejemplos es más larga y la cochinada se cuela hasta en las oficinas más insospechadas. Porque las historias de sobornos y corrupción, que es el tema de este artículo, son tan viejas como las leyendas de los hermanos Áyar.

Lo describió muy bien León Trahtemberg, corto y sencillo, en una de sus perspicaces columnas: “La historia del Perú ha sido la historia de sucesivos ciclos de corrupción seguidos por muy breves periodos de reforma anticorrupción, detenidos por el peso de vastos intereses personales contrarios a frenar la corrupción”.

Lo terrible es que el peruano se ha vuelto inmune a ella. La tolera. La consiente. La perdona. Le dice amén. Y no nos damos cuenta, los peruanos, de que la corrupción no es una mera preocupación moral o ética. La corrupción nos cuesta como país. Cuesta en dinero contante y sonante. Se trata de un obstáculo endémico al desarrollo. Además, “mina el estado de derecho, distorsiona el comercio y otorga ventajas económicas a unos pocos privilegiados”, como dice la revista Foreign Policy.

Hace pocos días nomás, en México, una investigación realizada por el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP) revelaba que los empresarios aztecas gastaban al año 85 mil millones de dólares en coimas. O “mordidas”, si quieren, para decirlo en lenguaje charro. 85 mil millones de dólares, nada menos. Ello supone que las empresas mexicanas dedican entre el 6% y 10% de sus ingresos a sobornar funcionarios públicos. Y el porcentaje más alto de chanchullos se da en los gobiernos estatales y municipales. Y por acá, ¿cómo estamos?, pregunto. No tenemos idea. Ni sabemos hasta qué punto se extienden sus ramificaciones. No lo sabemos porque, claro, a nadie le interesa hacer un mapa de la corrupción. Menos, obviamente, a los beneficiarios de la misma. El citado Trahtemberg, basado en un estudio del peruano Alfonso Quiroz, aventuraba que las pérdidas directas e indirectas para el Estado por corrupción equivalían al 3% del PBI anual. “¿Se imaginan si ese 3% del PBI robado por la corrupción se hubiera invertido sistemáticamente en la educación para llegar al 6% del PBI, como lo hicieron los países desarrollados? El Perú podría tener hoy la mejor educación del mundo. Lamentablemente, tenemos una de las peores, gracias a la corrupción”, anotaba el educador.

Recién ahora, en una encuesta de Ipsos Apoyo, se percibe que la corrupción (así como la delincuencia común) inquieta a la ciudadanía. Se trata de una noticia que es mala y buena. Mala, porque ello nos dice que la corrupción, que suele ser invisible –como Crousillat– ya está asomando su cabezota sin que le importe un rábano el qué dirán. Y buena, porque ello podría ser un síntoma de que nos empieza a hartar.

Si es así, será motivo para que los empresarios –que, como ha escrito Augusto Álvarez, suelen ser el motor y el motivo de la corrupción– se pongan las pilas y presionen para que se ponga coto a los pactos bajo cuerda. Para que exijan mecanismos eficaces de transparencia. Para que reclamen menos regulaciones y menos burocracia, que suelen ser las taras del sistema que propician esta corrupción galopante e impune que padecemos. Porque si algo empobrece a este país, es la corrupción, aquella en la que nadan y saltan como lizas unas criaturas despreciables, que, encima, se dan el lujo de participar en la política, como si fuese lo más natural del mundo, mientras que uno, desde este modesto papel, a lo máximo que puede aspirar es a desearles que les dé un chancro repentino, que les produzca un dolor atroz, ciego, inhumano. Porque nadie les sanciona. Pues eso.

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