El matón de bicicletas


Por: Diego García-Sayán
Presidente de la Corte Interamericana de DDHH

En El ladrón de bicicletas, inolvidable película de Vittorio de Sica, un desempleado italiano en la posguerra consigue trabajo pegando carteles a condición de que tenga una bicicleta (la que le es robada después). El ladrón que afectó a Antonio Ricci, el desempleado itálico de la película, hoy empalidece. Lejos quedan las imágenes de esa extraordinaria película con las del ciclista –aparentemente sicario– que abaleó en Miraflores a otro pedalero en lo que parecía ser otro ajuste de cuentas en el Perú. Todo indica que el sicariato de la narcoviolencia está en expansión y que poco se está haciendo para prevenirlo y enfrentarlo con éxito.

A pie, en bicicleta, moto, parapente o automóvil los sicarios seguirán mientras no se actúe en serio. El problema es que parece que no se quisiera hablar de que el narcotráfico tiene magnitudes que jamás existieron en la historia nacional. Nunca antes se había producido en el Perú tanto clorhidrato de cocaína. Las 300 toneladas anuales –que equivalen a todo el consumo en los EE.UU.– están a punto de alcanzar a la producción colombiana. Dentro de un contexto en el que la tendencia de producción peruana es visiblemente ascendente. El último informe de la ONU sobre el tema da cuenta que en los últimos tres años el área sembrada con coca en el Perú aumentó en 16%. A la vez, se ha llegado a niveles de productividad por hectárea con los que hubiera soñado el fallecido Pablo Escobar. Hoy, pues, la situación es boyante.

Pese a esto, el tema no aparece como prioritario en la agenda del Estado y la sociedad. Si bien la “zona liberada” del VRAE es la punta más violenta del iceberg, allí no queda todo. Para que las 300 toneladas se puedan producir y exportar es obvio que se necesitan redes intrincadas. Que están demostrando ser muy eficientes y a la vez “discretas” pues poco o nada se comenta o se sabe de ellas. Pero que la droga circula impunemente por todo el país para salir por los puertos costeros y Bolivia no es ningún secreto. Y que para ello sortea con mucha eficiencia numerosos “peajes” de autoridades cómplices o indolentes. ¿Vamos hacia el “narco Estado”?

Todo indica que el brazo violento del crimen organizado vinculado al narcotráfico opera como Pedro en su casa por el país. Es hora que este tema merezca prioridad y que ocupe un espacio importante en los debates políticos que se supone habrán de producirse en los procesos electorales que se vienen. Después puede ser muy tarde, cuando carnicerías como la de Ciudad Juárez puedan empezar a parecer situaciones no tan lejanas.

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